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Todo
enfermo puede ser misionero
Propuesta
de la Unión de Enfermos Misioneros
MADRID, jueves, 12 febrero 2004 (ZENIT.org).-
Los enfermos pueden ser misioneros, aunque no puedan
moverse de su cama, asegura Justo Amado, uno de los
coordinadores de la Unión de Enfermos Misioneros, al
concluir la Jornada Mundial del Enfermo, que este año
tuvo por foco central de celebraciones Lourdes.
«La respuesta hay que buscarla en el Bautismo --explica
el coordinador en España en una entrevista concedida a
la agencia Veritas--.
Un cristiano en su esencia es un enviado para dar a
conocer al mundo la buena Nueva».
Pero, además, «el enfermo que tiene conciencia de su
vocación cristiana ha de tener muy en cuenta el dogma
del Cuerpo Místico, de la comunión de los santos
--recuerda--. Su vida, sus actos, su oración, sus
sacrificios y alegrías inciden en el resto de los
miembros de este Cuerpo. Por lo tanto el enfermo no se
convierte en misionero, ya lo es, pero debe tomar
conciencia de ello».
El Papa en la Redemptoris
missio, la encíclica sobre la misión que escribió
en 1990, pide que se ilustre a los enfermos «el valor
del sufrimiento, animándoles a ofrecerlo a Dios por los
misioneros». Ésta es la base de la Unión de Enfermos
Misioneros.
Esta institución nació en Francia en 1928. «Su
fundadora fue Margarita Godet, una mujer llena de
aspiraciones misioneras, pero que se encontraba
inmovilizada por la enfermedad --recuerda Justo Amado--.
Esto no la desanimó y se ofreció como "enferma
misionera" al Seminario de Misiones Extranjeras de
París, una institución importantísima en la historia
misionera de la Iglesia, de donde desde el siglo XVII
han partido cientos de misioneros a América, Asia, África
y Oceanía».
«Desde Francia, pronto comenzó a irradiarse hacia
otras partes del mundo. En 1930 se fundó en Canadá el
"Apostolado de los Enfermos". En el mismo año
se estableció en Polonia, y en Italia se creó la
"Unión del Apostolado de los Enfermos". En
España comenzó de forma privada, hacia el año 1933, y
nació canónicamente en 1940».
«Pueden ser miembros de la Unión todos aquellos que,
sea de una manera permanente o pasajera, se vean
aquejados por una enfermedad, por una discapacidad de
cualquier tipo o por las adversidades y achaques propios
de la edad, o por dolores morales o de índole parecida»,
afirma el coordinador.
«Esto quiere decir que cualquier persona que pueda
ofrecer por las intenciones misionales sus padecimientos
y adversidades, y su oración, puede convertirse ella
misma en misionera en su ambiente -añade-. Todo aquel
que se sienta invitado por el Señor a unirse al dolor
redentor de Cristo con espíritu misionero para
colaborar con los fines de esta asociación».
La inscripción en la Unión de Enfermos Misioneros se
realiza normalmente en la Dirección Diocesana de las
Obras Misionales Pontificias (hay una en cada diócesis),
de la que depende. Basta con preguntar en el obispado
propio o dirigirse a la Dirección Nacional de las Obras
Misionales.
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